| 30 Octubre 2009
Llegado a este punto, se hace necesario de recordar lo que se ha dicho al principio. Que Sí. La Biblia en su conjunto no es objetable como Palabra de Dios, pero que no todo es aceptable como tal. Y sería prolijo enumerar aquí las partes que no pueden ser tenidas como provinentes de parte de Dios, o en última instancia, de ser apoyado, sustentado por El. Es deber del lector de la Biblia distinguir esta aserción que se hace. La iglesia tiene y dispone lo que se puede llamar “el cuerpo de dones” que son los que tienen el deber de enseñar, edificar y explicar a la iglesia, como son los planes y los propósitos de Dios; en definitiva los que tienen que interpretar, aclarar y profundizar en la Palabra de Dios. En este caso, se trataba de las Escrituras.
Las únicas Escrituras que circulaban eran las del AT –y generalmente en la versión griega, la septuaginta, la de “los setenta”- a partir de la misma, se hablaba de Jesús como del que “hablaban la ley, los profetas y los Salmos”. Una vez que se referenciaba y se citaban las Escrituras, venia la didaskalia, la enseñanza, el comentario, las deducciones, las lecciones. Esta es la tarea de los dones en la iglesia. No es privativo del pastor único. Este sistema –pastor único-que ya se ha tratado anteriormente, es un obstáculo, para el ejercicio de los dones que el Señor da a su iglesia. La Iglesia es un cuerpo donde cada uno de los miembros –del cuerpo, que no de la iglesia- tienen una función, contribuyen y participan en el crecimiento y desarrollo del mismo.
De otra manera, se atrofian. Pero la cosa no queda ahí. Cuando no hay pluralismo, cuando solo hay una voz autorizada, la del pastor único, se asienta una especie de dictadura doctrinal, de manera que en algún momento puede traer conflictos si se oye alguna otra voz, otro punto de vista del que sustenta el pastor. Viene a colación, como vía ilustrativa y de ejemplo, que suele ocurrir, el incidente de Jesús en la sinagoga –equivalente a la iglesia hoy-. Dice el relato que Jesús, al comienzo de su misterio público acudió a la sinagoga de su ciudad, y que “se levantó a leer” y se le hizo llegar el libro del profeta Isaías. Una vez en sus manos, Jesús comenzó a buscar el lugar donde se hallaba el pasaje o trozo en que estaba escrito lo siguiente: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor” Su comentario, su discurso posterior, fue algo conflictivo, lacerante, deshaciendo posiciones religiosas de soberbia, y engreimiento; hizo un alegato de la situación de aquellos que se mencionan por el profeta para ponerles nombre y apellido; habló de libertad, de sanidad, de ayuda a los oprimidos para aliviarles de sus cargas, como un proyecto que venia del sentir del Dios de Israel, lo que le valió un fuerte desacuerdo que acabó en revuelta contra sus palabras y contra él mismo; de tal manera que encendidos en ira los mismos asistentes al culto, le llevaron fuera de la ciudad buscando el lugar de donde arrojarlo y despeñarle.
No lo consiguieron, pero lo intentaron. ¿De qué, y a consecuencia de qué no aceptaron la palabra o mensaje de un conciudadano? Primero, dice el relato de Lucas, “que cuando se levantó a leer” “todos daban buen testimonio de él” ¿Qué es lo que ocurrió pues, que llegaron hasta querer matarle? ¿Era un asunto de ortodoxia? Puede ser. Más o menos. Pero los temas que puso delante de ellos, son los mismos que se dan en el día de hoy, y de los que hay necesidad de tocar y ocuparse.
La cosa es que Jesús hizo un discurso como nunca habían oído; su interpretación de las Escrituras no parece que era muy de acuerdo con línea de la ortodoxia de los maestros de la sinagoga y el consejo de la misma. Se ha repetido, por desgracia, este incidente en la historia en innumerables ocasiones. Se sigue dando aún en el día de hoy, aunque con menos virulencia en las formas, pero igual en el fondo; los intentos y los métodos se suceden. En el plano religioso católico, como en el protestante, con diferencia de matices, los conflictos doctrinales y los defensores de la sana doctrina y la ortodoxia, han dejado el camino sembrado de cadáveres de “herejes”. Y es que cada grupo eclesiástico, suele tener su línea doctrinal. Gracias a Dios –y a hombres y mujeres que han luchado- que en nuestro tiempo, el avance en materia de ejercicio de las libertades, de derechos humanos y el pluralismo, impide que quienes se subrogan determinados privilegios y poderes sobre los demás, estén de alguna manera sujetos. Todo lo más que pueden hacer es utilizar la expulsión del colectivo; separarlos, o separarse de ellos, de su doctrina y de sus escritos. En otro tiempo se les hubiera otorgado a estos discrepantes, un auto de fe, con “pira” incluida. Y por lo general, son gente súper-religiosa quienes velan por la pureza doctrinal de la que se sienten depositarios y guardianes.
En el caso de Jesús, como en cualquiera de los casos que se registra en el devenir religioso, cuando se establece una línea ya sea doctrinal, teológica, interpretativa; o un esquema o catalogo de creencias, llamado declaración y confesión de fe -que a veces no cumplen ni practican-, se está levantando muros, se está creando división, sectarismo, hay posicionamientos; no se admiten las discrepancias, ni los disidentes, se ensalzan y se endiosan las ideas y se aplastan y hunden a las personas; se repite el incidente de la sinagoga una y otra vez; se organiza el escándalo, se subleva la gente, lo paga el predicador. Nada nuevo debajo del sol.
Sería interesante rastrear a través de la historia, y mayormente, de la iglesia o del cristianismo, de los hombres que vivieron aquella época inicial del primer desarrollo de la misma, para ver si de alguna manera, los predicadores o discípulos de entonces, se remitían a las enseñanzas y palabras de Jesús y sus señales y milagros como parte del cumplimiento de Jesús de llevar su evangelio a todas las gentes. Y no después de que los evangelios fueron escritos, sino antes. Por que una vez que los relatos estaban circulando, de alguna manera ya se podía conocer y hablar de los mismos. Pero interesa en este trabajo, el tiempo anterior, así como se ha hecho y dicho, de Pablo. El proceso de extensión y alejamiento entre si, y del núcleo de Jerusalén sobre todo, de aquellos que fueron el grupos de “los doce”, haría como más difícil la transmisión del depósito biográfico de la vida y servicio de Jesús de Nazaret. Se deja el tema abierto afín de que en algún momento, alguien desee hacer esta indagación en la historia.
Los cuatro evangelios que se conocen en el NT. desde una perspectiva informativa, sino hubiese sido por quienes se decidieron a escribirlos, ¿qué conocimiento tendríamos con respecto a la vida y enseñanzas de Jesús? No disponemos de otra fuente más fiable –salvo otros relatos y tradiciones que están denominados como apócrifos- que lo ya conocido y aceptado. Ya Lucas, en su día, hace mención de cómo había algunos intentos de poner en orden las cosas que habían acontecido entre ellos, de las que fueron testigos, y que las vieron con sus propios ojos, y después fueron servidores de la Palabra. Estos documentos son una gran provisión y actuación que para la gloría de Dios, han llegado hasta este momento. Sin ellos no se conocería el centro, la esencia, el mensaje de/y las palabras de Jesús el Señor.
De Pablo conocemos de Jesús, pero por vía de interpretaciones, análisis, deducciones y alcances que complementan a los evangelios, pero los relatos mismos llamados evangelios, son la misma Palabra de Dios, hablando y actuando. Por que es el mismo Verbo, hecho carne. Leer los evangelios es saber y entrar en contacto directo con la Palabra encarnada, con su vida, sus experiencias personales; su estado de ánimo, su cansancio, su manera de asombrarse a cusa de la falta de fe de la gente; de sus lágrimas, de sus momentos alterados por el celo de las cosas de Dios; de su indignación de cómo, habían convertido el culto en negocio y en el nombre de Dios. De sus relaciones con la familia, de los conflictos que tenia con los suyos; de su denuncia de la hipocresía farisaica de los religiosos; sus comidas, sus fiestas, sus amistades. Estos relatos nos enormemente necesarios por que así podemos ver que Jesús era Dios hecho hombre, que él era la exegesis de Dios. No es suficiente que “otros” nos hablen maravillas de Jesús, queremos verle personalmente; y eso es lo que ocurre con los evangelios. Son como el “curriculum vitae” de Dios, en la persona de Jesús.
Como ya se ha planteado la ausencia de referencias en los escritos de Pablo acerca de la persona de Jesús en cuanto a las enseñanzas, milagros y mensaje, hay que decir que aunque esta ausencia no es explicable, no obstante hay una enjundiosa teología paulina con respecto a Jesús como ya se ha dicho, con otra metodología. No ocurre esto en los otros apóstoles que se aprecia abundantes huellas de referencia a la Persona de Jesús, a sus enseñanzas, con a veces palabras similares, y con un tono –como es el caso de Pedro y Juan,- más intimo, más vivencial: “lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de Vida…eso os anunciamos” (1ªJn 1:1 )
Hay que reconocer que este es un tema, no solo interesante, sino importante. Y un reconocimiento a autores que han dedicado parte de su vida a la investigación de las fuentes y orígenes de la procedencia y formación del texto del NT, debe de ser objeto de agradecimiento a Dios. Este movimiento denominado de alta crítica textual, perteneciente al primer tercio del siglo pasado, ha sido vilipendiado y combatido, por creerlo contrario a esa asunción teológica generalizada, pero no razonada, de la autoridad e inspiración de la Biblia como Palabra de Dios. Quienes han remado contra corriente, apenas hay testimonio o trabajos relevantes que hayan legado sobre la materia. En cambio, quienes originaron esta metodología de examen del texto Bíblico, y se plantearon la investigación de las fuentes que sirvieron de base para la redacción de los diferentes relatos evangélicos, siguen de actualidad con enjundiosas obras, que en algunos casos no han sido superadas ni igualadas. Es el caso de R.Bultmann y M.Dibelius, que a titulo de representantes de esta escuela y exegesis del texto-palabras- y de los hechos-las formas- han dejado impresas. Tanto uno como el otro –la lista no acaba en ellos- y por caminos y metodología distinta, han coincidido en conclusiones similares, análogas.
Tal vez, en el caso de R.Bultmann, y así se puede ver, su teología del NT. es una obra magistral, profunda, innovadora, científica del texto bíblico. La autoridad de la Palabra se fortalece con obras como esta. Espectaculares son algunas de las obras que sobre el tema se han editado y son accesibles. R.Bultmann con “Historia de la tradición sinóptica” y “Teología del Testamento”; A.Piñero con “Fuentes del cristianismo” o C.H.Dodd, en “La tradición histórica en el cuarto evangelio”. No hay que olvidar que la redacción de los diferentes relatos de los evangelios, no aparecieron de la noche a la mañana, y menos aún, cuando no se disponían de los medios y adelantos que hoy se emplean. “La iglesia primitiva no era una comunidad tan libresca como se ha supuesto. Desarrollaba su actividad en el mundo primariamente por medio de la palabra hablada, en el culto, la enseñanza y la predicación misionera, y de estas tres formas de actividad –liturgia, Didaché, y Kerigma- surgió una tradición que subyace en toda producción literaria del periodo primitivo, incluyendo nuestros evangelios escritos” (Dodd, pg 20) El estudio pues, de cómo han llegado los relatos bíblicos del NT, y entre ellos, los evangelios, de su historicidad, mensaje, tradición y contenido, es un terreno de estudio apasionante e interesante. Y aunque la literatura existente en este tema pueda parecer árida, no lo es en la medida que algunos piensan. Cierto que no son tratados devocionales, pero es evidente que es material sólido.
En cuanto a determinar las fuentes y orígenes de la tradición de los evangelios, Bultmann escribe al respecto. “M.Dibelius, en “la historia de las formas evangélicas…” sometió los diversos fragmentos de la tradición evangélica a la investigación orientada según la historia de las formas. Es verdad que él no investigó todo el contenido del material evangélico, sino que se contentó con estudiar ciertos tipos de material, principalmente fragmentos narrativos, pero demostró brillantemente lo fructífero que era el método para descubrir las fases de la tradición y los evangelios en su conjunto. Por eso en el presente trabajo de investigación –dice Bultmann- me propongo ofrecer una imagen de la “historia de los diversos fragmentos de la tradición” y explicar cómo la tradición pasó de un estado fluido a la forma fija que posee en los sinópticos, en incluso en algunos ejemplos fuera de ellos” (Pg 63-64) Se podrá estar en desacuerdo con algunos puntos, se podrá discrepar en algunos aspectos, pero es un trabajo digno de ser meritado, y respetado.
Mi pretensión en este trabajo o ensayo, no es cuestionar la Palabra de Dios, pero si reflexionar sobre la misma. En este sentido me siento en el deber de plantear algunos interrogantes como ya lo he hecho en estas páginas, aunque no en la línea de los autores que acabo de citar, sino más modestamente, bajo la búsqueda de una respuesta, aclaración o aproximación de por qué el mensaje de Jesús no es parte de la teología de Pablo, en tanto que referencia a las palabras de Jesús, que como ya se ha dicho, es uno de los aportes al desarrollo de la iglesia, que no admite duda. Y este escrito en sus conclusiones no pretende ser definitivo, sino provisional, en espera de ser retomado de nuevo, pero bajo otro prisma, en la búsqueda de conceptos paralelos en la teología epistolar de Pablo y del resto de los apóstoles, con lo que se puede llamar, teología de Jesús sobre el Reino de Dios.
Y mientras tanto no llegue aquel día en que Jesús dijo a sus discípulos que “os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. En aquel día no me preguntareis nada…” (Jn 16:23 ) Pero es en aquel día, no ahora; y mientras estemos aquí, tenemos que seguir haciendo muchas preguntas, investigando, escarbando, indagando, buscando, reflexionando. Por que con ello, cada cosa nueva descubierta, servirá para ir reconociendo la grandiosidad de la obra y del plan salvador de Dios nuestro creador, el que es soberano, el que tiene y es fuente de la inmortalidad; Dios de dioses y Señor de señores. Solo los de pereza mental e intelectual no ven con agrado este ejercicio en el cual se descubren nuevos horizontes y dimensiones respecto de esa fe que se nos ha dado. Si el propio Universo habla de la grandeza de Dios, ¿Por qué no adentrarnos en ese universo de la fe y de la obra de Dios? No nos quepa duda de que descubriremos nuevos mundos e insondables galaxias de conocimiento que hay en la casa del Padre.
Gregorio Martinez
Invierno 2008 Almeria





