| 10 Junio 2010
Creemos que de la persona de Pedro, con sus grandezas y sus miserias, y el papel que ejerció en la Iglesia durante su vida, a la institución del papado, con las pretensiones que defiende, existen profundas diferencias que sólo la buena voluntad y el espíritu de profunda concordia de sus interlocutores pueden conseguir con éxito ese diálogo verdaderamente ecuménico donde Cristo sea glorificado.
Por ello, elogiamos y valoramos positivamente el talante conciliador y la capacidad de diálogo de los cristianos, cualquiera que sea su denominación, que mantienen abierto el debate ecuménico en pro de un entendimiento recíproco, en un marco de avenencia y amistad, a pesar de las diferencias teológicas que les separan sus respectivos credos. Sin embargo, creemos también que las buenas intenciones del ecumenismo no deben simplemente obviar los contingentes apologéticos que les distingue; antes bien, en la distensión de amistad y comprensión que le caracteriza, deberían propiciar y potenciar la investigación histórica y teológica de tales contingentes.





