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LA DISCRIMINACIÓN DE LA MUJER EN LA IGLESIA

¿DE DIOS O DE LOS HOMBRES? (V)

 

CONCLUSIÓN
Llegamos al final de esta serie de artículos sobre “la discriminación de la mujer en la iglesia” preguntándonos si dicha discriminación, hoy, es un mandamiento divino o es una interpretación trasnochada de los hombres.
En el capítulo II hemos intentado mostrar que el papel de la mujer en la sociedad que encontramos en la Biblia correspondía a una de las muy diversas instituciones existentes en aquel entorno geográfico y cultural. Esas eran las instituciones establecidas en el pueblo de la Biblia cuando Dios quiso usar la historia de ese pueblo para revelarse, y ese era el papel que la mujer cumplía respecto al varón.

En el capítulo III hemos expuesto que las instituciones, cualesquiera que sean, no son perennes en el tiempo, sino que están avocadas, como todas las cosas temporales, bien a su evolución o, incluso, a su extinción. El papel de la mujer, en cuanto institución emanada de una sociedad concreta, no está exenta de dicha evolución y extinción también.

En el capítulo IV hemos intentado ubicar las declaraciones bíblicas pertinentes en el contexto obligado que exige la historia y la exégesis contextualizada. Sacar dichas declaraciones de su contexto histórico e institucional, para darles un carácter teológico absoluto, es contrario al sentido común, a la lógica y a la teología razonada.
Ahora bien, admitido todo esto, ¿qué implicaciones tiene la comprensión de dichas declaraciones bíblicas (“no permito a la mujer enseñar”, etc.) a la luz del contexto institucional histórico y, por lo tanto, su relatividad semántica en aras de contextualizar su contenido? Algunos dirán que las implicaciones son profundas: ¡con dicha comprensión anulamos el “mandamiento” de Dios respecto al papel de la mujer, además de subvalorar la autoridad de la Biblia! Bueno, ya hace mucho tiempo que anulamos otro “mandamiento” acerca de los esclavos y no nos hemos rasgado las vestiduras ni hemos subvalorado la autoridad de la palabra de Dios (¿o sí?). Veamos..

¿Qué diferencia hay entre lo que dice el Apóstol respecto a la mujer:
“las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” (Efesios 5:22 )


y lo que dice respecto a los esclavos:
“Siervos, obedeced a vuestro amos terrenales con temor y temblor… como a Cristo” (Efesios 6:5 )?

Son dos “mandamientos” que tienen el mismo rango de obediencia, los dos reclaman la misma autoridad bíblica y en ambos subyacen la institución social correspondiente: la tutela de la mujer y la esclavitud.

¡Pues claro que tiene implicaciones! ¡Son las implicaciones obvias de contextualizar el texto según la hermenéutica más elemental!¿Pervertimos el texto y, por lo tanto, la autoridad de la Biblia, si aceptamos el papel no discriminatorio de la mujer hoy en la iglesia? ¿Acaso lo hemos pervertido dejando obsoleto el texto que tiene que ver con la esclavitud? ¿dónde radicará el error: en perpetuar el papel de la mujer de aquella sociedad arcaica en la sociedad actual, o reconocer la caducidad de dicho papel, como hemos hecho con el de la esclavitud?

Dicho de otra manera, ¿qué hermenéutica respeta más la Escritura (la palabra de Dios), la que perpetúa una institución que no tenía vocación de perpetuarse, o la que acepta que dicha institución es obsoleta y carece de sentido perpetuarla? No se trata de “nueva” o “vieja” hermenéutica, se trata de la hermenéutica de la razón y de la cordura.

Creemos que lo que sirve de tropiezo para aceptar que la situación institucionalizada de la mujer en la Biblia no tenía vocación de perpetuarse es la hermenéutica que el conservadurismo usa para leer e interpretar la Escritura. En efecto, en la medida que el texto se sacraliza y se le da un valor absoluto y literalista, al margen de una elemental hermenéutica (¿quién?, ¿dónde?, ¿cuándo? y ¿por qué?), el resultado es siempre el mismo: lo inaudito! Las interrogantes aludidas requieren explicar precisamente eso: su contextualización. ¿Qué explicaciones daremos a un lector nuevo de la Biblia cuando nos pregunte por las exhortaciones de Pablo a los esclavos? ¡Le diremos que dichas exhortaciones se hicieron en una época en la que la esclavitud era una práctica generalizada y aceptada por aquella sociedad! ¡aaah! ¡Y cuando nos pregunten acerca del mandamiento de la “mujer calle” en la iglesia… qué le decimos?

Un botón de muestra necesario

“¿No está escrito en el libro de Jaser? Y el sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero” (Josué 10:13).

Antes que Galileo demostrara el sistema heliocéntrico, todos los científicos, filósofos y teólogos afirmaban que nuestro sistema era geocéntrico. Lo afirmaban porque el geocentrismo era la teoría milenaria conocida y dada por hecho. Pues bien, el autor del libro de Josué, quien quiera que fuese, solo disponía de esa teoría.[1]. Y es la que expone cuando relata la historia conocida por todo lector de la Biblia.

Hoy, cuatro siglos después de que Galileo demostrara lo contrario, ¿qué podemos decir los cristianos, creyentes en la inspiración de la Escritura? ¿Negamos la demostración científica, hoy una verdad empíricamente verificable, para sostener las implicaciones cósmicas del texto bíblico, que no se ajusta a dicha verdad?

No estamos negando la inspiración del texto de Josué. Estamos inquiriendo sobre el sentido y el significado del concepto inspiración. Aceptamos por inspiración el hecho de que el autor (o autores) se sintieran inducidos a escribir el evento cualquiera que éste hubiese sido (no entramos en detalles). Aun así, los autores usaron sus conocimientos acerca del cosmos, que no eran otros que los que tenían el resto de los humanos. Y se limitaron a narrar lo que ellos, desde su experiencia personal, habían percibido o habían oído narrar a otros. ¿Qué significa esto? Significa que, aun cuando dicho relato forme parte del texto inspirado, no le infiere autoridad científica alguna. Es decir, que la inspiración, al menos en este caso, no tuvo el propósito de revelar verdades diferentes a las morales y religiosas; y éstas al margen del ámbito puramente científico.
Esto que estamos diciendo vale no sólo para los textos concernientes a las ciencias astronómicas, sino también para aquellos que tienen relación con las ciencias sociales, políticas y, por supuesto, antropológicas. Es por ello que creemos de interés considerar el papel de la mujer dentro de las disciplinas que le corresponden: la sociología y la antropología. Lo que se dice de ella, de la mujer, hemos de ubicarlo en aquel contexto, el cual no podemos fosilizar dándole un carácter teológico y perpetuo.

¿Entonces, arrancamos esas páginas de la Biblia?

Esto lo hemos escuchado muchas veces. Bueno, ¿qué hacemos con Josué 10:13? ¿Ha arrancado alguien la página donde se encuentra este texto? ¿Alguna edición nueva de la Biblia lo ha suprimido? (por citar un texto, de los muchos que se encuentran a lo largo y ancho del texto de la Escritura, de naturaleza parecida).
No necesitamos arrancar ninguna de las páginas de la Biblia por el hecho de que diga algo que, o bien es obsoleto (la esclavitud), o bien no se ajusta a los conocimientos que hoy tenemos de cualquier ciencia (el geocentrismo). Esas páginas están ahí, y forman parte del cuerpo literario de la Biblia. Forman parte de un contexto histórico con sus personajes y sus sucesos; como diría el apóstol Pablo: “las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por las Escrituras, tengamos esperanza” (Romanos 15:4 ).

“Toda la Escritura es inspirada por Dios..” (2 Timoteo 3:16 )

¿Y cuántas veces hemos escuchado esto? A veces, quienes lo repiten, con énfasis además, más que una defensa de la revelación de Dios (revelación que no niegan quienes entienden otra cosa de este texto), parecen recitarlo como si fuera un talismán supersticioso para afirmar su “fe”. A estos “temerosos” de Dios, les preguntamos: ¿Está incluido el texto de Josué 10:13 en dicha afirmación de Pablo? ¿No tendrá el mismo sentido este texto: “toda la Escritura es inspirada por Dios”, que aquel otro ya citado de Romanos 15:4 : “las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por las Escrituras, tengamos esperanza”? ¿Quería decir el Apóstol que TODA la escritura, palabra por palabra, era veraz científicamente? ¿En qué contexto declara Pablo estas afirmaciones? ¡Para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia! … ¡Para que tengamos esperanza! Es decir, el contexto de estas afirmaciones es la moral y la ética, no la ciencia y ni siquiera la apología. Cuando sacamos las afirmaciones de la Biblia de su ámbito (ético-religioso) y las extendemos al campo de la ciencia, le estamos faltando el respeto y venimos a ser pésimos exegetas de la Biblia.

¿Estamos negando, pues, la inspiración y la revelación de la Biblia? ¡NO! Estamos poniendo cada cosa en su sitio. Y sólo cuando ponemos cada cosa en su sitio, la verdad brilla.

Tenemos mucha esperanza de que los lectores de estos artículos, acerca de la discriminación de la mujer en la iglesia, se hayan sentido motivados para profundizar en este tema particular y, sobre todo, en las implicaciones exegéticas y teológicas que se derivan de las premisas que aquí hemos defendido.

Por lo demás, terminamos con las consideraciones que siguen: A la zaga del feminismo
El papel de la mujer en la sociedad occidental ha cambiado mucho en las últimas décadas como consecuencia de las reivindicaciones feministas de hace poco más de un siglo y medio. El origen de este cambio debemos vincularlo histórica y geográficamente, en términos generales, con la independencia de los Estados Unidos. Primero fue la abolición de la esclavitud,[2] después le siguió el movimiento por el sufragio de la mujer. La primera reunión nacional de los derechos de la mujer fue organizada por Elizabeth Cady Stanton y Lucrecia Mott en Seneca Falls, Nueva York, los días 19-20 de Julio de 1848. La Convención se abrió con la lectura de una declaración de derechos para la mujer, incluyendo una exigencia por el sufragio femenino en la sección de una serie de resoluciones.[3] Veinticuatro años después de esta reunión, Susan B. Anthony, hija de un cuáquero abolicionista de Adams, Massachusetts, y camarada de Elizabeth Cady Stanton, dirigió un grupo de mujeres a votar en Rochester, Nueva York, en las elecciones llevada a cabo en 1872. Fue arrestada por cometer el crimen de votar y condenada a pagar una multa, la que se negó a pagar. En su alocución de defensa, Susan dijo:"Amigos y ciudadanos: Estoy aquí esta noche delante de todos vosotros bajo el dictamen del supuesto crimen de haber votado en las últimas elecciones presidenciales sin existir un derecho legal para votar. Mi tarea en esta noche es probaros que en dicha votación yo no sólo no cometí ningún crimen, sino, en su lugar, simplemente ejercí mi derecho de ciudadano, que me lo garantizan todos los ciudadanos de los Estados Unidos mediante la constitución nacional, la cual sobrepasa al poder de cualquier Estado a negarlo.

El preámbulo de la Constitución federal dice: “NOSOTROS, el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión más perfecta, establecer Justicia, afirmar la tranquilidad interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la libertad, establecemos y sancionamos esta CONSTITUCIÓN para los Estados Unidos de América”. Éramos nosotros, el pueblo; nosotros, no los ciudadanos blancos masculinos; tampoco nosotros, los ciudadanos varones; sino nosotros, todo el pueblo que formábamos la nación. Y nosotros lo formábamos, no para dar los beneficios de la libertad, sino para asegurarla; no para la mitad de nosotros y la mitad de nuestra posteridad, sino para todo el pueblo - tanto hombres como mujeres"[4]

Finalmente, las enmiendas 15ª y 19ª a la Constitución de los Estados Unidos (1869 y 1919, respectivamente), regularon sus derechos electorales. Esta última dice: "El derecho al voto de los ciudadanos de Estados Unidos no podrá serles negado o limitado por el Gobierno Federal o por el de cualquier Estado, por razones de sexo"[5].Es interesante observar que, aunque la letra de la constitución americana incluía implícitamente el derecho al sufragio de la mujer, el concepto machista de aquella sociedad (la mitad de la sociedad) daba por hecho su exclusión de dicho derecho. Concebían la pluralidad del pronombre "nosotros" sólo para los varones (!). Desde luego, el argumento que utilizó en su defensa esta mujer estaba cargado de lógica además de ingenio. Un breve párrafo del artículo "Mujeres" de la Enciclopedia Británica en la edición del 1911, se hizo eco de lo que estaba ocurriendo en la sociedad anglosajona respecto a la mujer:

"La idea total de la posición de las mujeres en la vida social y de su capacidad de ocupar su puesto, independientemente de cualquier cuestión de sexo, en la obra del mundo, ha cambiado radicalmente, en los países de lengua inglesa y también en las naciones más progresivas más allá de sus límites, durante el siglo XIX. Esto se debe primariamente al movimiento en favor de la educación superior de las mujeres y a sus resultados... El cambio es tan completo que la única cosa curiosa ahora es, no en qué esferas no pueden penetrar las mujeres, más o menos en pie de igualdad con los hombres, sino aquellas pocas de las cuales todavía están excluidas" (Encyclopaedia Britannica, art. "Women", 11th edition, 1911.)[6].

Como muy bien dice este artículo, el cambio radical que se estaba produciendo en torno a la mujer se debía fundamentalmente a la educación que ésta estaba recibiendo y "a los resultados".

Según testimonia Carmen de Zulueta en su libro "Misioneras, feministas, educadoras" (Historia del Instituto Internacional), la instrucción de la mujer, al menos en Norteamérica, fue un empuje procedente de dos factores históricos de aquel país. El primer factor fue el religioso. Dice esta autora que "el resurgimiento religioso que acabo de mencionar y que originó el ABCFM (American Board of Commissioners of Foreign Missions) fue también responsable, en gran parte, del movimiento en pro de la educación superior de la mujer". Citando a Louise Porter Thomas, sigue diciendo Carmen de Zulueta que "el movimiento misionero se desarrolló primero; aunque puede ser que la educación de la mujer tomase impulso del mismo gran resurgimiento religioso del comienzo del siglo XIX". Obviamente, este factor religioso era de signo protestante con su obsesión de leer y promulgar la Biblia. El segundo factor fue el viento democrático que soplaba en Estados Unidos. Dice esta autora que "el principio democrático de igualdad de la Constitución norteamericana, All men are created equal, (todos los hombres son creados iguales), se extiende al sexo femenino y combinado con igualdad cristiana de las almas ante Dios, impulsa la educación superior de la mujer, basada siempre en la religión de Cristo".

Por supuesto, "el deseo de educar a las jóvenes -sigue diciendo la autora- no nace solamente de principios religiosos y democráticos. Hay, evidentemente, durante el siglo XIX, un fuerte movimiento feminista que, aunque difiere bastante del reciente "Women's Lib", trata, sin embargo, de preparar a las mujeres para puestos y responsabilidades que habían pertenecido hasta entonces a los hombres"[7].

No hay duda que cuando la mujer es educada e instruida en igualdad de los hombres, es más difícil mantener su discrimina­ción instituciona­lizada, tanto en la vida secular como en la religiosa.

Lentitud eclesiástica

Desde un punto de vista reivindicativo, la paridad de la mujer en el contexto eclesial es relativamente un fenómeno nuevo. Es verdad que la mujer ha sido protagonista en la iglesia institucional a lo largo de la historia, pero dicho protagonismo estuvo siempre subordinado al varón. Sin embargo, las reivindicaciones sociales y políticas feministas, llevadas a cabo en el último siglo y medio, terminó por sensibilizar las inquietudes de la mujer en la iglesia también, aunque con otra metodología y con más timidez. No obstante, si bien desde un punto de vista puramente secular, el movimiento feminista no encontró otras barreras que la tradición y las costumbres milenarias. La reivindicación de la mujer en el seno de la iglesia tropezaría, además de con esas mismas tradiciones y costumbres, con el texto sagrado, el cual, según sean las interpretaciones que se hagan de él, veta por "derecho divino" a la mujer, por ser mujer, ministrar en la iglesia en igualdad con el hombre.

Como era de esperar, los cambios que se estaban originando en la vida secular no encontraba eco en la vida religiosa. El hermetismo milenario de la religión cristiana en general ni siquiera podía pensar que las reivindicaciones de la mujer pudieran llegar a los entresijos de la estructura de la iglesia. Es más: tampoco la mujer pensó en ello; su preocupación estaba puesta primordialmente en las conquistas sociales. Sin embargo, cuando el papel pasivo de la mujer en la iglesia empezó a cuestionarse, se levantó no poca polvareda en las diferentes Familias cristianas. El acceso de la mujer a los oficios religiosos en la Iglesia de Inglaterra (1992) creó un auténtico escándalo entre los propios feligreses y, por supuesto, la Iglesia Católica Romana no tardó en expresar su malestar indicando que ese paso suponía "un retroceso en el diálogo ecuménico" entre ambas Iglesias.

El teólogo jesuita José I. Gonzales Faus, con ocasión de esta decisión del Sínodo Anglicano, escribía lo siguiente:

"Karl Rahner fue según voz común el mayor teólogo católico de este siglo. Y viene a cuento aquí porque, poco antes de morir (hará unos cuatro años), escribió que la ordenación de mujeres en la Iglesia Católica era cuestión de dos o tres siglos. Cuando enseño esa cita a algunas alumnas, me suelen responder como don Juan Tenorio: “Cuán largo me lo fiáis”. Pero aquí puede ser útil evocarla por dos razones: Rahner reconocía que no existen en realidad argumentos teológicos decisivos contra el ministerio eclesial de la mujer. Pero aceptaba también que puede haber un importante problema sociológico".[8]

El también teólogo y jesuita Gonzalo Higuera, en la misma página del mismo periódico decía:

"Si actualmente existen movimientos muy minoritarios que propugnan la ordenación de la mujer, se pueden explicar por la ósmosis cultural de la doctrina política democrática y de un feminismo justificable como reacción, hasta los debidos límites. Nunca doctrinalmente. Si no recordamos mal, cuando se redactaba la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU se pretendió el reconocimiento del sacerdocio femenino y su equiparación ministerial en todas las religiones entre el varón y la mujer. Se rechazó la propuesta con la argumentación de que el ministerio sacerdotal no es propiamente un derecho humano. Entonces ¿antifeministas? No se podrá afirmar en verdad y en profundidad tal cosa de Jesucristo. Todo lo contrario. Defendió a las mujeres como "hijas de Abraham" -hijas de Dios para nosotros-; habló con ellas en público, dejó que le acompaña­ran hasta la cruz, tuvieron las primicias de la resurrección y las perdonó en repetidas ocasiones, imposibles de recordar aquí. Entonces resulta que más bien el plan redentor de Dios es feminista".

Si tenemos en cuenta que han tenido que pasar cuatro siglos para que la Iglesia Católica Romana levantara el entredicho contra Galileo Galilei por atreverse a decir que nuestro sistema planetario no era geocéntrico, sino heliocéntrico, bien puede ocurrir que la curia romana necesite otros cuatro siglos para reconocer el derecho que la mujer tiene a acceder a los oficios eclesiásticos. En el campo protestante, en general, ciertamente, esto es bien distinto quizás por el simple hecho de carecer de una cabeza visible centralizadora como lo es el papado en la Iglesia Católica. La ausencia de esta cabeza universal permite una corriente de pensamiento más fluida, y a la vez más pragmática, capaz de evaluar y modificar las propias estructuras hacia cualquier cambio de métodos o conceptos. No obstante, entre las corrientes protestantes, especialmente las fundamentalistas, existen no pocas reticencias respecto a una apertura más a tono con los tiempos en la cual se reconozca el derecho de la mujer a ser formada y a ejercer en igualdad de condiciones cualquier ministerio en la iglesia dependiendo primordialmente de sus dones.

La mujer desde la perspectiva de Jesús

Las enseñanzas directas de Jesús, y su mensaje en general, abrió un espacio en el papel de la mujer cuya trascendencia aún no ha encontrado fondo. De momento, es significativo el mensaje del profeta Joel mirando hacia el futuro. Sólo mediante la inspiración de Dios pudo un varón judío predicar que sobre las hijas de Israel también se derramaría el Espíritu Santo (Joel 2:28-29 ). Efectivamente, el Espíritu Santo vino y fue derramado, como estaba profetizado, y tanto hombres como mujeres recibieron los mismos dones (Hechos 2:17-18 ). Jesús, sin anticiparse a este progreso que le correspondía de suyo a la iglesia, fue consecuente con el mensaje del profeta Joel: la mujer también era hija de Abraham (Lucas 13:10-16 ).

Jesús dialogó con la mujer.

Hoy carece de relevancia el hecho de que un hombre dialogue con una mujer, pero en el tiempo y en la sociedad en que vivió Jesús esto fue algo sorprendente. El evangelista Juan dejó patente esta singularidad de Jesús: "En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer" (Juan 4:27 ). La mujer judía debía pasar en público inadvertida. Uno de los más antiguos escribas que se conoce, Yosé ben Yojanán de Jerusalén (hacia 150 a.C.) dijo: "No hables mucho con una mujer", y añade: "de tu propia mujer, pero mucho más de la mujer de tu prójimo" [9] Las reglas de la buena educación de aquella sociedad prohibía encontrarse a solas con una mujer, o mirar a una mujer casada, saludarla, etc. Para cualquier alumno de teología, hablar con una mujer en la calle era un deshonor. Filón, filósofo judío, decía que "mercados, consejos, tribunales, procesiones festivas, reuniones de grandes multitudes de hombres, en una palabra: toda la vida pública, con sus discusiones y sus negocios, tanto en la paz como en la guerra, está hecha para los hombres".[10] No hay duda que Jesús rompió esta regla respecto al otro sexo. Es cierto que esta mujer de Juan 4 era samaritana y, posiblemente, de dudosa reputación, por aquello de que "cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido" (Juan 4:18 ); pero las reglas de pudor de Samaria, respecto a la mujer, eran las mismas que en el resto de Israel; y en todo caso aquí no se cuestiona la liberalidad de la mujer, sino la de Jesús: él le dirigió la palabra y dialogó con ella con toda naturalidad, cosa que ningún rabino de aquella época hubiera hecho.

Los evangelios narran muy variados acontecimientos donde son protagonistas mujeres en la proximidad de Jesús. En todos los casos, aunque fueron ellas las que se acercaron a él para pedirle algo, Jesús nunca las evadió, al contrario, las recibió, las escuchó y las concedió aquello que pedían. A la mujer que llevaba dieciocho años padeciendo flujo: "Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado" (Mateo 9:20-22 ); a la mujer cananea: "Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres" (Mateo 15:28 ); de la mujer que derramó su perfume de gran precio, comentó: "¿Por qué molestáis a esta mujer?... De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella" (Mateo 26:6-13 ). Tuvo elogios hacia una mujer a la cual todos juzgaban por su reputación: "Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies... Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz" (Lucas 7:44-50 ). A una mujer que andaba encorvada desde hacía dieciocho años, "cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: Mujer, eres libre de tu enfermedad. Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios". Reprochando la hipocresía de un principal de la sinagoga, por haber curado a esta mujer en sábado, dijo respecto de ésta: "Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo?” (Lucas 13:10-16 ).

Jesús adoctrinó a la mujer

La formación de la mujer judía se limitaba al aprendizaje de los trabajos domésticos, coser, tejer, tener cuidado de los hermanos pequeños, etc.. Respecto a la posible enseñanza de la Torá a la mujer, algunos rabinos habían dicho que "quien enseña a su hija la Torá, le enseña necedades... Mejor fuera que desapare­ciera en las llamas la Torá antes que le fuera entregada a las mujeres"[11] A la mujer samaritana, Jesús no sólo le dirigió la palabra y mantuvo un diálogo con ella, sino que dicho diálogo se convirtió en una clase de teología en toda regla. Jesús extendió su diálogo atendiendo a preocupaciones de carácter doctrinal e histórico de la mujer samaritana: dónde había que adorar a Dios, de dónde venía la salvación, etc.

Esta lección individualizada de la mujer samaritana no fue una excepción. Marta y María, hermanas de Lázaro, fueron dos auténticas alumnas de Jesús. Conocida es por todo lector de la Biblia la escena donde Marta reprochó a María que ésta " sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra... dejándola servir sola" (Lucas 10:39-40 ). Pero, aunque implícitamente, el hecho más elocuente son aquellas situaciones en las que Jesús enseñaba privadamente a sus discípulos y entre esos discípulos se hallaba un grupo no pequeño de mujeres: "Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena... Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes" (Lucas 8:1-3 ). Jesús no sólo hablaba con las mujeres, sino que se sentó con ellas para enseñarlas. ¿Y para qué se enseña a una persona, sino para convertirla en maestra? ¿Y para qué formamos maestros sino para que enseñen? ¿Cometió algún crimen la mujer samaritana por "enseñar" a sus paisanos lo que Jesús le había enseñado a ella? ¿Prohibió Jesús a las mujeres que le seguían que enseñaran a otros sus parábolas o sus enseñanzas?

Jesús comisionó a la mujer

El concepto que la tradición judía atribuía a la mujer era sumamente bajo. De Génesis 18:15 se deducía que la mujer era por naturaleza mentirosa, de aquí que su testimonio careciera de valor alguno. Se aceptaba su testimonio sólo en algunos casos concretos excepcionales y en los mismos casos en que se aceptaba también el de un esclavo pagano. Por ejemplo, para volver a casarse una viuda bastaba el testimonio de una mujer acerca del fallecimiento del primer marido[12] Como simple dato informativo, pero de gran significado, es el hecho de que ni en el Antiguo Testamento ni en la Misná se conoce la forma femenina de los adjetivos "piadoso", "justo" y "santo". Se dice, como algo evidente, que Jesús no eligió entre los doce apóstoles a ninguna mujer, y es cierto; pero se olvida que los primeros apóstoles comisionados para anunciar su resurrección fueron mujeres, entre ellas María Magdalena. Y esta comisión debemos evaluarla a la luz del contexto social y religioso expuesto más arriba. Es cierto que, por causa del concepto que se tenía del testimonio de una mujer, a los apóstoles: "les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían" (Lucas 24:10-11 ).

Jesús esperó el discipulado de la mujer

Por todo lo dicho respecto a la mujer, en este y en otros capítulos de este trabajo, la sociedad en la que nació la iglesia no esperaba nada de ella; pero Jesús sí esperó de ellas mucho. Todas las referencias que Jesús hizo acerca de la mujer, o especialmente de algunas mujeres, por activa o por pasiva, se constituye en un reto para los hombres. El simple hecho de que Jesús aceptara el seguimiento y la ayuda de un grupo de mujeres en sus viajes por Galilea, es una evidencia del reconocimiento que mostró hacia ellas como personas y hacia su trabajo y su liberalidad. Un discipulado activo fue el que debieron entender aquellas mujeres adjuntas al grupo que se reunía en el aposento alto, mientras esperaban en oración la venida del Espíritu Santo. En aquel aposento alto "Todos éstos -los apóstoles- perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos" (Hechos 1:14 ). Si el "todos unánimes" de Hechos 2:1 se refiere a todos cuantos componían el grupo de Hechos 1:14 , entonces también a las mujeres les fue dado el don de hablar en otras lenguas y hablar las maravillas de Dios. Según el sermón de Pedro, también las mujeres vinieron a ser receptoras de dicho don, pues escrito estaba: "Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán" (Hechos 2:16-17 ). El Espíritu Santo fue derramado sobre toda carne, y dio dones sin discriminar a las mujeres.

¿Hasta cuándo seguirán los líderes de las iglesias discriminando a las mujeres en los ministerios (dones) de la iglesia?


[1] Remitimos al lector al libro “Historias del Universo” de Telmo Fernández Castro, Ed. Espasa - 1997

[2] Si bien la abolición de la esclavitud se originó en Inglaterra a partir de 1780, mediante la campaña liderada por William Wilberforce.

[3] Robert C. Baron, Soul of America, (Fulcrum, Inc. Golden, Colorado) pag. 213.

[4] Obra citada págs. 279-280.

[5] Diccionario enciclopédico Espasa. Tomo 11, pág. 4858 (1988).

[6] Julián Marías, La mujer en el siglo XX. Círculo de Lectores, 1982, p. 23.

[7] Carmen de Zulueta , Misioneras, feministas, educadoras. Ed. Castalia. p.31

[8] Periódico EL MUNDO, página SOCIEDAD, 13 de noviembre de 1992.

[9] Joaquin Jeremías. Jerusalén en Tiempos de Jesús Ediciones Cristiandad. 1980. p. 372

[10] Joaquin Jeremías. Jerusalén en Tiempos de Jesús Ediciones Cristiandad. 1980. p. 372

[11] Johannes Leipoldt y Walter Grundmann, El Mundo del Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad, 1971, p.191

[12] Joaquin Jeremías. Jerusalén en Tiempos de Jesús Ediciones Cristiandad. 1980. p. 386

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